Trabajo con IA a diario y, precisamente por eso, procuro no atribuirle una autoridad que no tiene. Usarla no vuelve innovador un proceso: la diferencia está en cómo se reparten iniciativa, comprobación y responsabilidad.
En mi práctica, la IA explora alternativas, acelera tareas sistemáticas y ayuda a contrastar estructuras. La decisión final sigue necesitando contexto, sensibilidad y consecuencias asumidas por una persona.
Documentar la colaboración
Registrar únicamente el nombre de la herramienta dice muy poco. Me resulta más útil explicar qué información recibió, qué produjo, por qué elegí una opción y qué límites encontré.
Conservar ese recorrido me ayuda a revisar las decisiones y aprender de los errores, también cuando una respuesta de la IA parecía convincente al principio.
El objetivo no es automatizarlo todo
A veces le pido a la IA que abra alternativas; otras, que revise un problema concreto mientras sigo explorando. Adapto ese reparto a lo que necesito resolver.
Trabajar así exige poder discrepar, revisar lo anterior y detener una acción cuando no está suficientemente clara.
Ver el protocolo humano–IA de Coordination Hub